Mother issues (o los problemas de una mamá perruna)

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Algo que nadie te dice de adoptar a un cachorro es que es muy parecido a adoptar a una guagua, al menos en su primera etapa. Son mañositos, hay que cuidarlos mucho y llevarlos a “controles sanos”; se hacen caca y pipí por ahí; al principio lloran en la noche; a veces se rehusan a comer su comida; tienes que dedicarles tiempo y amor, y darles espacio para que hagan amigos. Y, lo más importante, nadie te dice que como madre o padre perruno vas a cagarla una y mil veces.

Recuerdo la primera vez que sentí ese pavor de haberla cagado con Totoro. Tenía unos tres meses, era una mañana de invierno y estábamos solos en mi departamento. La noche anterior había tenido un gran dolor de cabeza y mi marido me dio unas aspirinas. Yo, medio dormida, dejé el blister (al cual le quedaban 2 aspirinas) sobre mi velador. Más específicamente, sobre un libro que estaba en mi velador.

Esa mañana, me fui a bañar y al salir del baño vi con horror que Toto, una cosa chica de menos de un kilo, había saltado a mi velador (bastante alto para su mini tamaño), botado el libro y había abierto una aspirina, la cual estaba chupando. Espantada, llamé a la veterinaria y me preguntaron cuánto había comido de la aspirina. No era mucho, pero me dijeron que lo hiciera vomitar por si acaso y si no podía, lo llevara a la clínica. Obvio que no pude y llegué con él a la clínica. Ahí lo hicieron vomitar y en verdad, no había comido nada de la aspirina. Pero por haberlo hecho vomitar, le dio una gastritis. Me sentí culpable por meses.

Más encima, poco tiempo después, estábamos con Toto en la casa de mis papás (que tiene una piscina grande y honda) jugando con Lucas, el perro de mis hermanos y al muy ocurrente (y veloz) cachorro se le ocurrió huir de mi lado como un rayo y saltar justo al medio de la piscina. Como era enano, ninguna reja pudo detenerlo. Recuerdo haber visto el splash de agua que salió tras su piquero y gritar “Mi cachorrooooooo!!!!!!” para luego lanzarme de guata a salvarlo, mientras el pobre Lucas trataba de ayudarme agarrándome de la ropa.

Más encima, mis papás son histéricos con el tema de los asaltos y por supuesto que todas las puertas de la casa estaban cerradas con llave y no podía volver a entrar. Tuve que asomarme toda mojada con mi pobre cachorro por la ventana de la pieza de mis papás, que dormían siesta, para que me abrieran, mientras me miraban con cara de entre espanto y un poco de risa por mi reacción.

Por suerte, nuevamente Totito salvó ileso. Lo secamos son secador y no se resfrió ni nada.

Obvio que hasta el día de hoy me siento la peor madre perruna de la vida por estas cosas. Pero al menos aprendí algo: un cachorro es igual a un niño. Y a los niños no se les dejan cosas peligrosas a la mano (como remedios) y no se los pierde de vista.

¿A ustedes les ha pasado algún chascarro así alguna vez o soy yo no más?

Mis mejores deseos,

N.

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