Totoro at the wedding: Una historia de intransigencia

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Mi marido Gabriel, Totoro y yo tras nuestro matrimonio

“No entiendo por qué es tan impotante para ti. ES UN PERRO. Y los perros no tienen lugar en la fe”, me dijo el diácono que nos iba a casar en enero a mi y mi marido cuando fuimos a conocerlo. Ya habíamos pagado la iglesia en Lonquén donde iba a ser la ceremonia. Y mi sangre hirvió de rabia.

“Para mi es muy importante”, respondí enfática. “El padre ya lo autorizó. Además, es un perro pequeño, alguien lo va a estar cuidando y si hace ruido o quiere ir al baño, lo pueden sacar”. Miré a mi marido en busca de ayuda y él reafirmó que para ambos era muy importante que Totito estuviera, ya que es como un hijo. Ya había estado en nuestro matrimonio civil y no había habido problema.

El diácono me miró con cara de “pobre cabra chica tonta” y dijo: “Quizás deberías revisar tus prioridades en la vida. Es un perro. No puede ser tan importante para ti”.

Tuve el impulso de ser más agresiva. Pero Gabriel (mi marido), me miró con cara de “por fa, no lo hagas”, porque sabe que uno de mis defectos es ser impulsivamente agresor. A la salida me dijo que iba a ver cómo arreglarlo de forma “pacífica”. Pero yo ya me sentía muy pasada a llevar.

Ese día, mientras volvía a mi casa, no pude contener las lágrimas de rabia ¿quién se creía este tipo que venía a decirme quién debe ser o no importante para mi? Odié que los miembros de la iglesia se creyeran con esa potestad de decirte cuál es la verdad ABSOLUTA sobre algo….Aparte, ¿nunca escuchó hablar de San Francisco de Asís, PATRONO DE LOS ANIMALES?! Mientras más lo pensaba, más rabia me daba.

Cabe decir que yo no soy católica. Por supuesto, respeto a quienes lo son. Pero yo no lo soy, aunque como la mayoría de  los chilenos esté bautizada bajo esa iglesia. La razón por la que nos estábamos por casar por la iglesia era mi marido, para quien el tema sí era importante. Y yo accedí bajo una condición: que la ceremonia tuviera elementos que para mi la hicieran significativa.

Por esa razón, mi hermano menor Nico iba a tocar la guitarra a mi entrada a la iglesia; mi otro hermano menor, Mati, nos iba a entregar los anillos. Mi hermana iba a hacer una lectura. Mi tía iba a pedir por la paz en Siria, porque tenemos un amigo sirio que hicimos en un viaje, que tuvo que huir a Turquía por la guerra….Y Totoro iba a estar presente. Ya había pedido permiso en la iglesia al reservarla y el cura (que no nos podía casar por conflicto de horarios), había dicho que no había problema. Incluso lo había encontrado tierno. Entonces no iba  a ceder ante la mañosería y falta de respeto de un estúpido que se cree con superioridad moral. Para mi no era algo transable.

Gabriel intentó razonar con el diácono y no hubo caso, así que empezamos a buscar otro. Pero el tiempo apremiaba y no había nadie disponible. Si hubiera sido por mí, yo habría cancelado la ceremonia. Pero sabía que para Gabriel era importante. Pese a eso, la falta de respeto a mis creencias y convicciones por parte del diácono estaban empezando a hacerme odiar la proximidad de ese día.

Finalmente, un día almorzando en la casa de mis padres, ellos vieron mi temple desganado y me preguntaron por qué me importaba tanto. Yo les dije que Toto era como mi hijo y que yo consideraba que el amor era un regalo. Toto nos quería y nosotros lo adorábamos. Eso no es algo que TENGA QUE darse. Es un regalo qur nos dió la vida. Y si el amor es un regalo, no importa de dónde o de quién venga. Y por ende, no podía aceptar que alguien viniera a decirme que debería “revisar mis prioridades en la vida”.

Poco después de ese almuerzo, mi madre (una mujer pequeña y demasiado dulce y respetuosa para parecer de verdad) me llamó. “Deja de llorar”, dijo. “Ya hablé con el diácono y puedes llevar a Totito”. Aún no sé cómo lo convenció, porque según lo que me dijo, sus argumentos fueron los mismos que los míos. Pero filo, lo había logrado.

El día de mi matrimonio religioso fue lindo. Al entrar a la iglesia, mucha gente me miraba feliz por mi felicidad y eso se sintió muy bien. El diácono fue amable. Incluso siento que puso especial empeño en que la  ceremonia fuera personalizada para nosotros. Eso no hizo que olvidara la primera reacción que tuvo al comentarle sobre Totoro, pero sí entendí ese día que ese diácono es sólo un idiota intransigente más en mi camino y no vale la pena aproblemarse más de la cuenta por ese tipo de gente. Si yo siento que Toto es como mi hijo, es mi hijo y punto. Nadie me puede decir nada al respecto.

El amor es un regalo. Nadie tiene por qué querernos, así que cuando eso pase, hay que disfrutarlo y cuidarlo como lo más valioso del universo. Porque lo es.

Que tengan una buena semana.

Saludos,

N.

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3 comentarios sobre “Totoro at the wedding: Una historia de intransigencia

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