Nada es para siempre

Hay recuerdos que tengo marcados en la frente de Tommy, mi beagle, quien fuera mi mejor amigo por 17 años. El primero es cuando lo fui a ver al canil donde lo elegí y parecía un ratoncito. Era adorable. El último es cuando tuve que decirle adiós. Parecía  dormido, pero no. Mi corazón se demoronó en mil pedazos y sentí un dolor que no recordaba desde la muerte de mi abuelo. Y entendí que nada es para siempre. O que nadie se queda para siempre.

Tommy fue un ángel en mi vida. Me hizo muy feliz por años y sé que él también fue feliz. Era astuto y tenía “personalidad Riquelme”, como a mi me gustaba llamarlo. Si él se molestaba, se retiraba, indignado. Pero si estaba a gusto, se quedaba. Era leal a morir, pero politicamente incorrecto. A veces era mal genio. Era glotón. Era un Riquelme!….Me gusta imaginar que subió a una nube en el cielo y le pateó el trasero a Dandy, un perro de mi mamá que basada en sus historias, básicamente podemos decir que era un perro superdotado y que siempre le hacía sombra al pobre Tommy jaja… y luego se acomodó en su nube blandita y se puso a mirar qué seguíamos haciendo acá abajo.

Lo malo del “nada es para siempre” es que aunque sé que mi vida tampoco es para siempre, mi amor y mi añoranza sí es eterna. Yo extraño a Tommy. Me acostumbré a la idea de que ya no está acá, pero lo extraño. Y hoy cuando veo a Totito y pienso en el “nada es para siempre”, me da terror la idea de no tenerlo, de volver a sentir ese dolor punzante y oscuro que me rodeó tras la muerte de Tommy.

Pero aquí está la parte buena del “nada es para siempre”: por más que duela, esa sensación de deseperanza, de que te vas a morir de pena, pasa. Y lo que queda son los buenos recuerdos y el amor. Eso es lo único que no se acaba nunca.

El amor es lo único que no se muere. Así que no teman a dar y recibir amor.

Y Tommy…ya nos volveremos a ver, pequeño sibarita. I ♡ U

N.