La llegada del “hermanito nuevo”

Los perros -especialmente en el escenario actual en que son casi hijos-, son muchas veces bastante posesivos de sus padres humanos. Al menos, esa ha sido mi experiencia con Toto, mi cancillo de tres años recién cumplidos, quien hasta el minuto se había negado a aceptar a nuevos perros (la excepción era Lucas, el viejo perro de mi familia que falleció recientemente, pero obvio que era porque él ya estaba cuando Toto llegó).

Ejemplo de esta reticencia de Toto a otros canes es que mi hermana adoptó en diciembre a un Pug muy amoroso llamado Simón, que lo único que quiere en la vida es ser mejor amigo de Toto. Pero no hay caso con que Toto lo pesque!!! Más pesado el enano! (Pobre Simón 😥 jajaja).

Pese a la reticencia de Toto, yo hace mucho tiempo quería adoptar nuevamente, pero siempre viendo que el perro nuevo se llevara bien con Toto. No era necesario que fueran BFF desde un comienzo, pero sí que no se odiaran. Así que recientemente adopté una nueva perrita, la linda Rosita, una pequeña poodle. Por suerte, Toto ha aceptado bien la llegada de una hermana, aunque tiene sus momentos de celos (por ejemplo, si ella viene hacia mí y pide brazos, el al tiro también quiere brazos… menos mal que son livianos!).

Le pregunté a una veterinaria sobre cómo hacer la transición más amable para Toto y me recomendó hacer como cuando a un niño le llega un hermanito nuevo: no descuidar al perrihijo ya existente, darle mucho amor y espacio para que se adapte, pero a la vez dejarle claro que este nuevo integrante de la familia está aquí para quedarse. Por suerte, he tenido éxito hasta ahora y las únicas veces que Toto se enoja con Rosita es cuando ella se pone medio hinchapelotas y le masca las patitas jugando (jajaja es demasiado malvadilla).

Ustedes, ¿Cómo lo han hecho cuando llegan con un nuevo integrante a la familia?

Mis mejores deseos a todos!

N.

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We’re back, baby

Hola a todos! Tanto tiempo… En verdad demasiado. Se preguntarán que diantres pasó que me desaparecí tanto tiempo.

Bueno, desde mi último post me ha pasado demasiadas cosas y lamentablemente dejé que eso me afectara demasiado, con lo cual me centré mucho en sobrevivir, más que en vivir. Obvio que Toto siguió siendo mi prioridad, y a él fue el único que no descuidé. Pero, nada que decir, me caí feo.

La verdad es que durante 2017 me pasaron muchas cosas feas en temas laborales, en las cuales no ahondaré. Pero sí diré que me dejaron con mi auto confianza muy afectada. Tanto, que ya no quería compartir nada con nadie, ni siquiera acá, que es sobre un tema nada que ver a mi trabajo.

Estuve gran parte de 2017 tratando de sanarme de eso.

Y cuando ya pensaba que todo empezaba a marchar sobre ruedas, en febrero de este año, Lucas, el hijo de mi primer perro amado Tommy (y a quien yo amaba con el alma), enfermó gravemente de los riñones. El ya era viejito, pero estaba bien. Y fue todo super rápido. Me pasé dos semanas pegada en la veterinaria (porque estaba internado), haciendo tratamientos, exámenes… Hasta que me dijeron que no se podía hacer nada más y que debía pensar en ponerlo a dormir. Les juro que mi corazón se destrozó. Pero sabía que mi dolor no era lo importante en ese minuto. Lo importante era que él estuviera bien, que no sufriera.

Lo terrible fue que mientras pasaba todo esto, mi familia andaba fuera de Chile (y Lucas vivía con ellos).

No saben lo terrible que es tener que convencer a alguien de que hay que poner a dormir a tu perro. Porque es algo que yo definitivamente no quería hacer. Solo sabía que tenía que hacerlo, por como lo veía, por como salían sus exámenes.

Recuerdo con mucho dolor que mi hermana me decía “pero como no lo vamos a poder salvar”, o “por qué no lo podemos dejar así no más” y el tratar de explicarle las razones me hacía sentir como que me moría por dentro.

Lucas alcanzó a estar con mi familia antes de partir. Pero se fué. Y dejó un hueco en mi alma que no creo que pueda volver a llenarse.

Yo ya había pasado por la muerte de un perrito amado, mi Tommy. Pero esto fue diferente. Porque Tommy solo murió. En cambio, con Lucas, YO tuve que decidir que hacer. Y, a mis 34 años, fue la primera vez en que me sentí realmente adulta, dejando absolutamente de lado lo que yo quería en favor del bienestar del otro. Y eso me golpeó fuerte. En dolor, pero también en aprendizaje de vida.

Lucas, un perro tan generoso, me ayudó a crecer como persona incluso en su muerte. Me enseñó que si bien tengo derecho a vivir mi dolor, no puedo parar el mundo por ello. Hay otros que dependen de mí. Yi, en mi propia supervivencia, tambien dependo de mí. Y no me puedo dejar caer en un hoyo negro, sin importar qué pase.

En gran parte, es gracias a Lucas que estoy de vuelta. Porque hoy pienso en las cosas malas que me pasaron en la pega en 2017 y son un pelo de la cola al lado de esto. Nadie debe tener el poder de afectarme a tal nivel de querer esconderme del mundo.

Estoy de vuelta. Y doy gracias a mi querido Lucas, por ello. Porque nunca me dejó sola. Siempre estará conmigo y yo siempre estaré con él.